victor's profileBAILAR CON LAS NUBESBlogListsNetwork Tools Help

victor x

Location
Bailo con las nubes, hablo con el viento y conozco los colores de la brisa...

PowerToy: Custom HTML

El Tiempo en Madrid - Predicción a 7 días y condiciones actuales.

BAILAR CON LAS NUBES

Volar en el cielo y en la vida
July 01

El agua del baño.

El baño se iba enfriando poco a poco, despacio...como un animal que pierde el pulso...lento pero inexorable...cadenciosamente mortal...

Pero yo no salía de aquel agua. De aquel líquido amniótico cálido y amistoso. Me calentaba en él y ardía en el fuego nocivo de aquellos pensamientos que me acunaban (con el rítmico latido de un barco de vapor de rumbo deletéreo).
El  agua condensada en la atmósfera del habitáculo me entorpecía la vista y formaba irreales figuras en el espejo.
Mi cabeza daba vueltas de campana a las ideas más aparatosas.
Y yo me encontraba a gusto en aquellas ensoñaciones, incluso en las más insensatas. Apretaba los ojos (cerrándolos con pertinaz empeño) y buscaba refugio en mis sueños (como un niño pequeño en la noche debajo de su colcha) porque, por muy tristes y desoladores que que fueran...siempre serían mejores que la insoportable amargura que había detrás de la puerta de aquel baño...

Y cuando el agua, ya fría y hostil, me expulsaba de su seno...sonreía.
Simplemente recordando.





June 22

¡Grita!

Hace días que te observo
y he contado con los dedos
cuantas veces te has reído
una mano me ha valido.
Hace días que me fijo
no sé que guardas ahí dentro
a juzgar por lo que veo
nada bueno, nada bueno.

De qué tienes miedo
a reir y a llorar luego
a romper el hielo
que recubre tu silencio
Suéltate ya y cuéntame
que aquí estamos para eso
pa' lo bueno y pa' lo malo
llora ahora y ríe luego
si salgo corriendo, tú me agarras por el cuello
y si no te escucho, grita !
te tiendo la mano tu agarras todo el brazo,
y si quieres más pues, grita !
Hace tiempo alguien me dijo
cual era el mejor remedio
cuando sin motivo alguno
se te iba el mundo al suelo


Y si quieres yo te explico

en que consiste el misterio
que no hay cielo, mar ni tierra

que la vida es un sueño

si salgo corriendo, tú me agarras por el cuello
y si no te escucho, grita !
te tiendo la mano tu agarras todo el brazo,
y si quieres más pues, grita !



May 26

El tiempo.

"El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho."
Jorge Luis Borges (1899-1986), escritor argentino.




April 27

Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas.

Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas. Siempre ocurría lo mismo. Cuando, hastiado y decepcionado, abandonaba su vano intento de contestar, entonces, precisamente entonces (cuando ya había llegado a la extenuación física y mental, cuando su esfuerzo no había visto ni la más mínima recompensa) entonces era cuando, de nuevo solo en su habitación, las palabras surgían cantarinas de su garganta. Cuando sus labios se agitaban vertiginosos y su voz brotaba fresca y jovial, flamante en su sonora función. De una forma natural y cómoda. Entonces. Sólo entonces. Cuando nadie le veía.

Y entonces, como siempre, lloró amargamente. Sollozó con rabia y desesperación. Hasta que sus pómulos se enrojecieron. Hasta que sus párpados se quemaron y sus ojos, ya secos, se durmieron. Aunque nadie le vio. Ahora tampoco. Ni siquiera su reflejo en el cristal del espejo fue capaz de ser testigo de su arrebato. Hasta el azogue era refractario a dar testimonio de su capacidad.

Sólo él, en su interior (absolutamente invisible y opaco para los demás) era capaz de oírse gritar. De verse reír. O de correr alborozado y risueño detrás de las mariposas de color púrpura y oro (cuyas alas centelleantes se esforzaba en acariciar). Sólo él.
Para todos los demás sólo era Nacho “el autista”. Aún recordaba vivamente la tarde en que su hermano pequeño le explicaba pacientemente a uno de sus nuevos compañeros de clase lo que significaba ser autista. Le dijo, con palabras que le hirieron como un puñal, que ser autista significaba no tener sentimientos. Y que así, por ejemplo, si nuestra madre moría, yo no sentiría nada, Ni siquiera lloraría. Y el nuevo amiguito de mi hermano salió huyendo de la habitación, atemorizado ante la presencia de semejante monstruo impávido.

Y sin embargo yo (aunque ellos no me vieran, aunque sus ojos sólo observaran la máscara marmórea que es mi rostro, la pétrea inmovilidad de mi cuerpo, todo él una esfinge de carne con pulso) grité y mordí e incluso les amenacé y llamé a mi madre a gritos desesperados y lastimeros, implorando una caricia, intentando negarle las mentiras que sobre mi se cernían.

Pero nadie me oyó. Nadie. Ni mi madre. Ni mi hermano. Ni su amigo (que ahora ya estaba, hipando y lloroso, en brazos de su madre, refiriéndole cómo había conocido al hermano-estatua de su compañero de clase). Sólo de imaginarlo me puse furioso y enloquecido comencé a golpear la pared. Hasta que una lágrima muy caliente y roja cayó sobre el suelo formando una corona orlada de perlas de color intenso…y entonces comprendí que eran gotas de mi propia sangre al golpear el duro muro con la frente.

Luego vinieron las explicaciones a la mamá del amiguito de mi hermano (que si es un trastorno que altera el lenguaje y la comunicación, las competencias sociales y hasta la imaginación… que si se pierde al habla, no se mira nunca a los ojos y pareciera que se fuera sordo….que si se sufren obsesiones insólitas hacia ciertos objetos o acontecimientos pero hay un total desinterés en las relaciones sociales…). La charla didáctica, mil veces repetida, que provoca en los demás la compasión y la pena y que me acongoja (aunque me la supiera de memoria).

Es cierto que me gustaría ser como los demás. Y mucho. Me laceraba sentirme tan extraño. Tan insólito. Como un intruso de la normalidad.

Es verdad que la mayor parte del tiempo mi pensamiento es rehén de este cuerpo que, obstinadamente, se niega a obedecerme…

Pero también es verdad que gracias a eso yo puedo, sin moverme del sitio, disfrutar de placeres que ellos sólo sueñan. Hacer cosas extraordinarias sin desplazarme. Gritar en silencio. Ver sin ser visto. Disfrutar de fragancias insospechadas y vivir momentos inolvidables.

Para mi son tan reales como para ellos los suyos.

Dicen que estoy en una cárcel…y es verdad que me gustaría no ser como soy pero, mientras mi enfermedad persista no tengo elección. Y a veces, sólo con mi recuerdo y mis ensoñaciones, soy más feliz que todos ellos…





April 07

Aún lloro...

Aún lloro.

Todas las semanas lloro.

Algunas logro no hacerlo todos y cada uno de sus días...

Y sin embargo, nada me hace más feliz que recordar aquello por lo que aún lloro...


"Aunque ya nada pueda devolvernos la hora del esplendor de la hierba, de la gloria de las flores, no debemos aflijirnos... porque siempre la belleza subsiste en el recuerdo" William Wordsworth.



May 08

El cuentacuentos: "Hola ¿Bailas conmigo?

-         Hola ¿Bailas conmigo?

  Me quedo petrificado al escuchar semejante proposición, no sólo por lo insólita e inopinada, sino por el pudor que me produce observar la estupefacción con la que la dependienta observa, boquiabierta y ojiplática, al emisor de dicha invitación.

  El hombre que me ha realizado tan atrevida oferta roza la edad de la jubilación y tiene un cuerpo proclive a todos los excesos mundanos. A todos… menos al preferido por Fred Astaire.

De modales refinados y porte patricio (gran envergadura, frente levemente despejada, mentón de emperador, espalda recta, dedos de pianista…) su vientre levemente abultado no hace presagiar la rapidez y armonía con la que sus pies (otrora gráciles y ligeros) se movieron sobre las pistas de las salas de baile (el frenético rock&roll, el rítmico twist, el genuino tango, el pasodoble sutil,…) en aquella juventud suya en la que aún había orquestas y en las casas se organizaban guateques.

  Pero es el propietario de una personalidad excesiva. Si opta por la disciplina familiar no adoptará manuales de moderna pedagogía activa sino que se convertirá en defensor acérrimo de las rígidas y férreas prácticas del protocolo prusiano. Si se inclina por la elegancia no dudará en elegir, antes que una limusina, un carruaje palaciego con palafreneros ataviados a la “Federica”.

  Y si hay que dar el santo y seña para quedar con su hijo treintañero para comprar “en secreto” el regalo del día de la madre… pues se da.

- Hola ¿Bailas conmigo?

- No puedo caballero, tengo concedido ya este baile…

  Y la dependienta de la joyería ahoga, mirándome ya con toda la aprensión del mundo, un grito de sorpresa y espanto.

 

-         Más cuentistas en www.elcuentacuentos.com

 
May 03

Contigo

Al final llegó el final.

Mis peores temores se confirman:

Termina el invierno y te quedas con él.

Lloro sorprendido aunque resignado.

 

Sin embargo me puede el recuerdo

Y me quedo con lo mejor de ti

Con tu sonrisa, con los buenos momentos,

Y con tu aliento de fresa, con tu perfume.

Con la ternura de tu voz, con tu soñar…

Me quedo con tu talento, con tus ganas, con tus suspiros...

 

Atesoro con mimo cada vez que me arrancaste un latido

Si hubo algo malo ya ni siquiera me acuerdo

Y sí, al pensar en ti, sonrío todavía:

Porque fue bueno encontrarme contigo de paso por la vida

Que no todas las huellas son amargas

Ni todos los pasos equivocados

 

Quizás fue buena la atroz idea

De que desaparecieras sin despedirte de mí

Así no mancillamos lo nuestro ni siquiera con un adiós.

Porque contigo yo me sentí vivo y fui feliz.

Y ese es el poso que me dejas.

 

Me quedo con lo mejor de ti.

Con la ilusión del nosotros.

Con la magia entre los dos.

 

 

 

 

Inspirado en

algo leído por ahí.

 

April 30

El cuentacuentos: "El título de aquel libro llamó poderosamente mi atención".

El título de aquel libro llamó poderosamente mi atención: “Las arrecogías del Beaterio de Santa María Egipciaca”. No supe qué me chocó más al verlo, si reencontrarme con aquel rimbombante y enigmático titulo (con toda la apariencia de un trabalenguas y de significado ignoto para mí) o la circunstancia de que fuera el único ejemplar de toda la estantería (y aún de toda la casa). La vivienda estaba impregnada de ese olor a humedad y a aceite de cocinar mil veces usado que tan corriente era en algunos hogares humildes (y que eran legión en estas aldeas). Ese tufo penetrante y pegajoso que tanto me asqueaba y que me provocaba unas arcadas que sólo podía reprimir armándome de todas las fuerzas que mi voluntad y mi disciplina castrense eran capaces de imprimir. Sin contar con el pudor que me provocaba el efecto que tendría en quienes me observaban (al ver a un capitán de la Guardia Civil vencido por tan trivial circunstancia).

Las paredes de todas las habitaciones estaban pintadas en un color añil tan chillón que, tal vez, hubiera destacado en un apartamento de alguna cala ibicenca o griega, pero que aquí dejaba bien a las claras que el único motivo de su empleo era la, casi segura, gratuidad de su adquisición.

Sin embargo, y en contraste con la austeridad minimalista (entre celda cartujana y local abandonado) del mobiliario de todas las estancias, la decoración de las paredes (cuadros, retratos, guirnaldas, imágenes religiosas, recuerdos de viajes imposibles,…) denotaba un horror vacui que enlazaba con el gusto más flamígero y recargado de los falsos restaurantes mexicanos (un totum revolutum que hubiera mareado, cuando no fulminado, a cualquier interiorista, por kisch que hubieran sido sus tendencias). Desde que alcancé el grado de capitán me gustaba ir salpicando mis observaciones en los  informes y atestados de latinajos y cultismos como un recurso (un poco infantil pero bienintencionado) para distanciarme de mis subordinados en algo más que en los galones de las hombreras.

Inspeccionados todos los cuartos, salí a la calle en el mismo momento en que mi conductor colgaba el radioteléfono y me informaba de que en los “calabozos” del cuartelillo se encontraba detenido el propietario de la casa y principal sospechoso de los disparos. Si no fuera por la seriedad de los hechos me hubiera sonreído al recordar que la carencia de medios e instalaciones en estos parajes llegaba al extremo de que, en ausencia de calabozos, los detenidos hubieran de permanecer en los aseos de la oficina (lo que daba origen a situaciones que sólo la gravedad de las circunstancias impedía denominar como cómicas).

Una vez en mi despacho hice que lo trajeran a mi presencia y al momento apareció ante mí un aldeano corriente y tópico: setenta años, complexión robusta, manos fuertes y encallecidas y esa mirada dura como el pedernal (de quien todo lo ha visto y todo lo sabe, o al menos está convencido de ello). En cuanto el cabo le devolvió sus pertenencias se caló la gorra como quien estuviera desnudo sin ella, y después de pedir, y recibir, permiso encendió un cigarro que rítmicamente iba volteando, con la ayuda de la lengua y los dientes, de un lado al otro de la boca, en un gesto que (aun sin poder precisar porqué) me resultó sumamente repulsivo.

Tres cigarrillos después, midiéndonos mutuamente en silencio (y con el cabo Peral observando cada dos minutos el reloj del despacho y desesperando por que las cosas no transcurrieran por cauces más reglamentarios y ortodoxos) el hombre de las botas embarradas y el forro polar con la enseña de una revista de caza, dirigió una mirada de desaprobación al cabo al tiempo que, condescendiente y agrio, me dijo:

-              - De acuerdo, firmo lo que haga falta, vaya usted preparándolo capitán, pero yo no puedo estar aquí perdiendo el tiempo mientras el ganado está sin recoger.

-             -- Pues usted me dirá… (respondí, con el mismo gesto solícito y atento que pondría un buen dependiente de joyería).

-              - Pues que quiere que le diga… Que eran malas personas. Si es que no hace falta más. Tuvieron lo que merecían y aún no se cómo pude aguantarme tanto tiempo. Bueno sí lo se, por lo paciente que soy, pero claro… al final todo se agota y…

El empleo del plural no pasó desapercibido para nadie en el despacho, pero me mantuve impertérrito y con un gesto animé al hombre a seguir. Éste, fastidiado por lo que consideraba un retraso absurdo y sin fundamento en sus quehaceres se animó a continuar, más por terminar que por convencimiento, y con un deje hastiado y hasta un poco didáctico prosiguió (sin asomar en él el menor atisbo de culpabilidad).

-              - Pero si es que usted no se hace una idea. Y claro así no se puede juzgar. Pero si yo le contara ya se daría cuenta de que con esas personas no se podía vivir. Si eran peores que animales. Eran como demonios. Podían estar tirándose del moño todo el día pero luego, de puertas para afuera, aparecían como si no hubieran roto un plato. Pero yo sabía la verdad. Y no era uno o dos, no… si es que era el pueblo entero. ¡El pueblo entero! Y claro, llega un momento en que uno no puede más, ya se imagina usted. Si es que el único normal allí era yo. ¡El único! ¿Se da usted cuenta?

 

A estas alturas yo aún no había podido determinar si estaba o no delante de un enfermo, pero recordando el viejo refrán (“Pueblo pequeño, infierno grande”) volví a preguntarme, una vez más, porqué demonios habría decidido entrar en el cuerpo y porqué, pese a lo maravillosa que era la humanidad, era tan abominable la gente.

 

Más cuentistas en www.elcuentacuentos.com

 

April 16

El cuentacuentos: "Nunca he sabido hacer el equipaje".

Nunca he sabido hacer el equipaje. En cuanto creo que ya está acabado me asaltan las dudas sobre si llevaré todo lo que necesito o lo que, llegado el caso, podría llegar a necesitar en el tránsito que sea la causa de tener que prepararlo.

No importa con qué antelación o con cuanto estudio o prevención hubiera elaborado una lista con todas las prendas, objetos y enseres que se me fueran ocurriendo como indispensables. Ni que a estos hubiera añadido otros que la cautela me hubiera aconsejado añadir por pura previsión. Al final siempre me parece que llevo poco o que me he olvidado de algo absolutamente imprescindible o perentorio.

O eso, o caigo en el extremo opuesto y dando por sentado que hoy día hay de todo en todas partes, aparezco con un equipaje magro y escueto, compuesto únicamente de los útiles de higiene más personales y sobre todo (pues incluso aquellos se pueden adquirir en el lugar del destino) de esos pequeños objetos más familares y que nos hacen la vida más confortable, más simple (por más rutinaria) no importa donde estemos: el reproductor de música comprimida (con aquellas melodías gastadas ya de tanto oírlas), el dentífrico de sabor inigualable (y sin cuyo concurso nuestro aliento nos parece algo menos agradable que con el resto), la colonia que no nos atrevemos a cambiar (porque nos parece que en realidad es ella la que huele a nosotros y no nosotros a ella), ese libro que se nos está haciendo eterno (pero que no nos resignamos a abandonar sin terminarlo) y sobre todo la foto que solo con verla nos transporta a un estado emocional siempre distinto (pero siempre mejor).

Pero hoy estoy seguro de que llevo todo lo que necesito. Tan seguro que no he necesitado repasarlo otra vez en casa antes de franquear la puerta de la calle (convencido como estoy de que cada cosa ocupa en la maleta el exacto lugar que debe tener).

Avanzo con paso firme y decidido por el paseo marítimo (sorprendido como siempre de la hermosura que estas calles aledañas al mar puedan llegar a tener, a diferencia de lo amargas y pesarosas que son cuando se abandonan, pues la sal acentúa todas sus tristezas) y cruzando la playa con delicadeza, e intentando no hundirme en exceso en la fina arena, más por coquetería que por pulcritud, llego hasta la misma orilla del mar.

Las olas, con su vaivén rítmico y melodioso, asemejan el sonido de una locomotora a punto de partir. El latido del mar, constante, acompasado, regular, me indica que todo está a punto y he de zarpar. Y que todo estará bien. Que todo estará bien.

Me subo a los peldaños que son las olas y poco a poco voy avanzando. Guirnaldas de espuma me dan la bienvenida a esta singladura.

Ahora ya me coronan y el amanecer me descubrirá allí…

 

Más cuentistas en www.elcuentacuentos.com

 

March 23

Cosas de volar y de volar (4ª): Récord del mundo

Casi 5 años después de que Will Gadd hiciera historia al superar la barrera de los 400 km en parapente, los hermanos eslovenos Urban y Aljaz Valic  consiguieron superar la marca mundial con 426 km recorridos en Sudáfrica en diciembre pasado.

En el mismo vuelo establecieron una nueva marca de distancia a gol prefijado en 368,2 kilómetros; y también se batió el record mundial de distancia en parapente biplaza, con 356km volados por los pilotos británicos Richard Westgate y Phil Bibby.

No tengo palabras.......

February 15

Cosas de volar y de volar (3ª): El marciano.

Cuarta prueba del Campeonato de España 2006 de Parapente (Arcones, Segovia).  Segunda manga.  Solo llevo 25 km cuando empiezo a desesperarme. Acaso por haber despegado demasiado tarde, tal vez por ir demasiado despacio (intentando asegurar mucho la altura), quizá porque no estoy volando bien (que será lo más seguro) o por las tres cosas a la vez, la cuestión es que me encuentro sobrevolando un pueblo a menos de 300 metros de altura y sin ningún viso de que vaya a poder escapar de esta zona. Porque a la inmensa descendencia que me ha impedido salir de aquí ahora se une un gran cúmulo que deja en sombra toda esta zona y pasará mucho rato (desde luego más del que tardaré yo en llegar al suelo) antes de que una buena térmica salga de esta zona y me rescate.

 Así que, enrabietado (ya he visto hoy aterrizar a alguien más, pero ser el 80º de 90… no me consuela) busco una zona para la toma y me empeño en hacerlo en un pequeño parque en el mismo centro del pueblo que, aunque un pelín justo de tamaño, me va a permitir no andar ni un solo metro hasta la plaza (el lugar de recogida por antonomasia) ahorrándome el paseo desde las afueras del pueblo hasta el centro (que no es que sea excesivo, pero que en mis circunstancias de furia y decepción se me antoja insoportable).

Aproximo encima mismo del pueblo y aterrizo sin problemas en un espacio  minúsculo.

 De una parcela cercana he visto salir a alguien corriendo pero no vuelvo a acordarme de eso hasta que veo que es un crío de unos ocho años que se ha dirigido directo hacia mi y que, a unos 50 metros de donde estoy, se oculta detrás de un coche aparcado (aunque puedo ver su cabeza asomándose por detrás del maletero) lo que me hace sonreír con ganas.

Me doy cuenta de que me mira como se miraría a un marciano. Pero (pensándolo un segundo) enseguida comprendo que si alguien pasa volando por encima de tu casa, aterriza en el parque de al lado y, sobre todo, va vestido como un marciano, pues no cabe duda (y aún menos si tienes 8 años) de que indudablemente, la única conclusión razonable es que sí: que debo ser un marciano.

 Cuando he terminado de quitarme toda la parafernalia de vuelo (instrumentación, ropa, etc.…) veo que ya se ha atrevido a acercarse a menos de veinte metros, aunque está muy quieto como para pasar desapercibido. Su curiosidad ha sido más grande que su miedo, así que le digo hola y le pregunto que si quiere acercarse y ayudarme a recoger. Asiente con la cabeza sin decir nada y se acerca muy despacito. Le doy la mano con mucha educación, le digo mi nombre y le indico cómo puede ayudarme. Se concentra extraordinariamente y me mira para intentar imitarme. Noto que mi mal humor se va diluyendo.

Una vez que hemos terminado la parte en la que él me puede ayudar sigo yo sólo, y entonces aparece un señor que se presenta como el abuelo del crío (y con un bebé en brazos). Mismas preguntas, mismas miradas. La ilusión no tiene edad. Que si es la primera vez que ven un parapente de cerca, que si hasta ahora sólo representábamos para ellos pequeños puntitos en el cielo, que adonde íbamos hoy, que qué se siente al volar, que si no tenemos miedo, que si quiero algo helado para beber…. ¿Algo helado ha dicho? Hoy es 5 de agosto, estamos en la meseta castellana, son las cuatro y media de la tarde… ¿Y no voy a querer nada? Pues claro que quiero.

Entonces el hombre sale disparado para su parcela y al momento vuelve, con el bebé, con una cerveza “sin” maravillosamente fría... y con su mujer… que no se quiere perder la oportunidad… de conocer a un marciano. Me tomo la cerveza de dos tragos y le vuelvo a contestar a la abuela las mismas preguntas que al abuelo y al nieto (aunque, la verdad, no me importa,  no me canso nunca de hacerlo).

 Una vez finalizada la operación de plegar el parapente y de acomodarlo en la mochila (junto con las aproximadamente tres mil cosas más que se llevan) les agradezco la segunda cerveza que me han traído, ésta ya acompañada de los padres de los dos niños, de la pareja de cuñados y de una hermana de la abuela que lo mira todo desde la puerta de la parcela. Cargado con el parapente a la espalda, caminamos despacio por la calle todos juntos (mientras vuelvo a contarles lo mismo por tercera vez)  hasta llegar a su casa, junto a la que les vuelvo a agradecer el refrigerio y donde nos despedimos (pues aunque se ofrecen a llevarme hasta donde necesite, por el móvil me notifican que la recogida ya está en camino).

El último que me dijo adiós con la mano fue el crío, pero no dejo de pensar cuáles serían los comentarios de todos ellos cuando aquella noche después de cenar se acordaran de lo que había pasado.

 

Me encanta volar… siempre…

February 12

El cuentacuentos: A las ocho menos cinco se apagaron las luces.

Para Livtrase,  por su lluvia de ideas

y por ser mi amiga.

 

A las ocho menos cinco se apagaron las luces de los instrumentos de la cabina. Hace diez minutos que se ha recibido en la torre una extraña llamada de un pesquero con problemas en su instrumentación y se dirigía  a su posición para hacer un reconocimiento. Si no fuera por eso no volaría con esta espesa niebla que empieza a recubrirlo todo. Pero inmediatamente, nada más despegar, todo el tablero se apaga y apenas puede hacer otra cosa que subir por encima de las nubes que impiden cualquier visibilidad.

El avión volaba perfecto y en principio, sea lo que sea lo que estuviera pasando, parecía que sólo afectaba a la instrumentación y la radio pero no a ningún control de vuelo. Volando a ciegas, sin referencia visual ninguna, y sin instrumentos,  sabía que no tenía ninguna posibilidad de volver a aterrizar: sólo queda el mar helado o las montañas de alrededor de la pista, así que se mantuvo en círculos rezando para que se deshiciera la niebla (esta bruma espesa como  el puré que recubre casi cada día el aeropuerto de Kirwall y las malditas islas Orcadas).

  Había pensado alguna vez en cómo reaccionaría si en alguna ocasión algo así sucedía y en qué se sentiría pero lo cierto es que ahora no tiene miedo. El instante supremo lo llaman, pero le parece un momento muy normal. Si acaso le entristece no poder despedirse de algunas personas.

Y bueno, eso sí, se da cuenta de que se arrepiente hasta el infinito de haber sido tan cobarde con Pauline. No tiene miedo a la muerte. Tal vez sí al dolor… pero ahora el que más le aflige es el de no haber sido lo suficientemente valiente para haberle dicho lo que siente por ella. Y le apena infinitamente todo lo que ya no vivirán juntos.

  Andrew conoce a Pauline muy poco, porque además él piensa que ella está fuera de su alcance. Se cruzaban a menudo e incluso ella, cuando en alguna ocasión habían conversado, siempre había sido muy atenta con él. Pero nada más. No tenían mayor confianza ni había visto posibilidades de nada y sin embargo dentro de él había comenzado a surgir algo.

  Ahora que cree que todo ya es imposible se permite fantasear con ella. Sin poder evitarlo, bueno y la mayor parte de las veces sin querer evitarlo, comenzó a imaginar todo lo que ya nunca sucedería. Su primera velada juntos,  su reacción a su primer regalo, el tacto de su piel, el olor de su pelo, su despertar cuando la llevara a la cama el día de su primer aniversario el desayuno a la cama

  Todo ello estaba ya perfectamente recreado en su imaginación y sin embargo, había ocurrido en ella y solo en ella. Pauline apenas sabía cómo se llamaba y que era alguien agradable con el que podía hablar de vez en cuando.

  El indicador de combustible marca cada vez menos y a él sólo se le vienen a la cabeza aquellos terribles retortijones que le dieron la vez que ella quiso que le acompañara a escuchar el Messiah de Haendel interpretado por la Academy of St. Martin on the Fields dirigida por Sir Neville Marriner en la catedral (esperando como un adolescente que ella apareciera en el lugar en el que habían quedado) o cómo le temblaban las manos cuando delante del comandante alabó sus conocimientos sobre Matisse.

  Ahora el avión dan un breve respingo, Andrew comprueba que todo funciona correctamente y al volver a mirar fuera se le aparece claramente en las volutas de las nubes un oso de peluche, con su narizota y sus orejas, y unos ojos chiquititos ..  Se le ve suave y esponjoso, todo amoroso y tierno...

Y en su imaginación aparece rauda una niña que juega en un cuarto  lleno de muñecas, encima de una alfombra de colores, con las paredes pintadas con prados verdes y arbolitos de colores y mientras él intenta colocarle una coleta a su muñeca (estallando ella en una carcajada estruendosa cada vez que se le escapa la goma elástica, distinta de la risa fresca y burbujeante que sostiene mientras tanto).  Pero de repente le mira muy fija y seria pregunta:

- Papá… ¿Tú cómo conociste a mamá?

- ¿Yo? Pues… (le mira fija y seria, con el entusiasmo de conocer la respuesta pero algo nerviosa, por la precaución y la ansiedad de quien va a conocer algo muy trascendente y, hasta ese momento, secreto).

- ¿Yo? Pues...(y se da cuenta de que no puede responder nada, no sin mentir, y no puede mentirla a ella, ni mirar a los ojos a su madre que desde la puerta de la habitación, divertida e intrigada, le observa esperando su respuesta).

- Pues yo…

Y sus ojos se humedecen pensando en lo que ya no pasará nunca .

  Después de mucho rato y cuando cree que ya no puede esperar más (no piensa que le quede combustible para más de quince minutos) le parece ver los ojos de Pauline mirándole desde un recoveco de las tinieblas que le amenazan (esos ojazos negros como el azabache que miró con ilusión tantas veces) y decide zambullirse por un ligerísimo agujero entre las nubes. Y de repente allí abajo, entre jirones infinitos de niebla y miedo, aparecen las luces de la cabecera de la pista.

Después de tres horas de angustia y soledad entre la bruma, estará de nuevo en tierra, como si no nada hubiera pasado. 

    -         ¿Andrew?

-         ¡Pauline!

-         Me alegro de verte.

-         Gracias.

-         Mi padre nos contó lo que pasó.

-         Oh… (me azoro como un colegial, tartamudeo y la cara me arde, creo que estoy rojo como un tomate…).

-         Bueno, son gajes del oficio (miento mirando esos ojos negros que a lo mejor fueron mi salvación).

-         No, no, fuiste muy valiente.

-         Gracias. En realidad es sólo fruto del entrenamiento y del instinto. Supongo que no es más que eso (Dios, no puedo dejar de mirarla y de un modo extraño y al final ella se va a dar cuenta o va a pensar que soy un chalado).

-         Bueno… de todas maneras… tienes que contármelo  ¿Vale?

-         ¿Quieres…? (siento que mi ánimo flaquea… no, que mi ánimo se desploma… que se viene abajo… pero de repente saco fuerzas de donde no sabía que las tuviera y…, me descubro a mi mismo diciendo…) …sí, sí, claro que quiero.

-         Bueno… si te apetece… no sé... ¿Te apetece tomar un refresco? ¿Ahora?

-         Sí claro… claro que quiero…

  Y con total naturalidad y mientras vamos hacia el coche se agarra de mi brazo. Puede que no sea más que porque el suelo está mojado pero me siento el hombre más feliz del mundo… y me creo capaz de cualquier cosa en este momento. La miro de reojo y veo que ella va feliz, contenta. Me mira y me sonríe de nuevo. ¡Me sonríe! Puede que no signifique nada pero al menos es un comienzo. Ese que ayer no teníamos.

Ahora puedo pensar en esa niñita que ayer vi entre la niebla y me dan ganas de decirla: “Hija… hoy puede ser el día en que conocí a tu mamá”.

 

 

 Más cuentistas en www.elcuentacuentos.com

 

February 05

El cuentacuentos: Confusa, se despierta entre sueños.

Confusa se despierta entre sueños… con esa sensación de irrealidad que se tiene en estos casos. Ese estar dormida pero con esa percepción de alerta que te dice que te deberías despertar… debe ser una reminiscencia heredada de nuestros antepasados cuando además de cazadores podían también ser presas…. Su cuerpo aún no le  obedece pero su cerebro está tomando el control y le dice alarmado que debe despertar, que tiene que despertar… Con esa consciencia de que estás dormida pero que vas a dejar de estarlo inmediatamente, casi como consecuencia de un acto voluntario. ¿Pero cómo va a ser voluntario si estás dormida?

En ese mismo momento, justo cuando abandona el mundo onírico y se nota despertar, oye la larga cremallera de la tienda de campaña abrirse e intuye que algo pasa… y que no será bueno…

Una cabeza entra en la tienda y dice:

- -     -  ¡Marisa… ven a ver a Diego!

-         - Voy ya mismo…  ¿Qué pasa?

-         - Tiene un ataque de asma… o algo así.

 Se incorpora aún torpemente y con más voluntad que acierto intenta vestirse deprisa sin conseguirlo (“vísteme despacio que tengo prisa”… nunca mejor dicho). Cuando sale de la tienda, sus brazos se erizan bajo el frío de la madrugada (no se ha puesto nada encima de la camiseta y ahora lo lamenta). Son las tres y media de la madrugada y lo acaba de decidir: éste es el último campamento al que va, no lo resiste más, quince días al cuidado de 50 criaturitas de entre 9 y 17 años y cuyo único objetivo es autolesionarse (o a su vez lesionar a alguien, o cometer algún ilícito administrativo, o penal… o todo ello junto a la vez…) y tenerla a ella al borde de un ataque de nervios permanente es algo que ya no le parece divertido. Lo fue un tiempo para ya no lo es. Se han dado cuenta todos sus compañeros cuando el primer día dijo al acostarse, para darles ánimo, que ya sólo les quedaban catorce días. ¡Catorce días! Como si fuera una cuenta atrás… como si en vez de una diversión fuera una condena.

 Llegan a la tienda y allí se arremolinan cinco chavales en torno a Diego. Respira con dificultad, sentado en medio de dos compañeros, y aunque no parece que se vaya a asfixiar ni mucho menos, es evidente que así no puede estar. Y mucho menos que en esas condiciones pueda dormir.

 

-         - ¿Qué pasa Diego? ¿Cómo te encuentras?

-         - Bien… (responde con una voz aspirada como de ultratumba).

-         - ¿Pero y tu inhalador donde está?

-         - En casa… (y lo dice con la tranquilidad del que es asmático crónico y se viene quince días a estar en medio del campo… sin su inhalador…  con dos narices… ahora que yo no vuelvo a venir de jefa de campamento nunca más…),

-         - A ver cielo… ¿Cómo que en casa?

-         - Yo pensé…. que a finales de julio…. Pues…que… ya no me haría falta…. (dice con su voz fantasmal y siseante ahora matizada por un hilo de culpabilidad aunque también puede ser de sorpresa sincera, lo que añadiría la inconsciencia al olvido).

-         - ¿Yo pensé Diego? Madre mía… ¿Y cuánto te puede durar un ataque así?

-         - Pues… hasta que pueda usar un inhalador… (y lo dice como quien escribe una sentencia de muerte).

 Intenta pensar rápidamente en la mejor opción: Diego dice que en estos casos es mejor no moverle y que alguien vaya a comprar el dichoso inhalador, pero como el campamento se encuentra a 45 minutos en coche de la farmacia de guardia más cercana eso significa que antes de casi dos horas no es posible que haya un encuentro entre él y el dichoso aparatito. Lucha contra si misma para no convencerse de que no merece la pena ir (de madrugada, además por una carretera infernal, que pone los pelos de punta incluso yendo a pleno sol, llena de curvas imposibles y con la mitad del trayecto con un precipicio acompañándote) que se va a poner bien, que son sólo unos ratos malos y que poco a poco se le va a ir pasando, que se va a dormir…  Pero se sobrepone y olvidándose de la hora, del viaje que hay por delante y de las ganas que tiene de asesinar a las madres del mundo (sobre todo a las que dejan que sus hijos de 12 años se vayan de campamento sin revisar su medicación) y decide ir al pueblo.

 La carretera de noche parece ahora verdaderamente tenebrosa. El desfiladero en realidad se pierde en la oscuridad y más parece un agujero negro… el retrovisor devuelve una imagen como de película gótica (como si en vez de en una furgoneta fueran en un carruaje y los caballos galoparan desbocados huyendo del Conde Morlock y ella, envuelta en su capa de terciopelo color burdeos, tuviera un grito desgarrador en la garganta listo para brotar en cualquier instante).

 Van hasta el pueblo con farmacia de guardia, vuelven y cuando por fin llegan… sus peores presentimientos se confirman… Todas las luces están apagadas, la tienda de los otros monitores está apagada y en silencia. La de Diego igual. Arriesgándose abren la cremallera de la tienda oscura y… allí está durmiendo el culpable… a pierna suelta y sin inhalador… que dan unas ganas de despertarle de una patada… o de dos.

 En fin… ya solo quedan ocho días… y ella no volverá a venir... no volverá a venir… este año sí que es el último… este sí… no volv… zzzzzzz

 

Más cuentistas en www.elcuentacuentos.com

 

January 22

El cuentacuentos: Al cerrar los ojos, despertó.

- Al cerrar los ojos, despertó… tal y como ella había imaginado.

Al oír esto Sara pegó un respingo abriendo desmesuradamente los ojos y removiéndose incómoda en su sillón envuelta, igual que nosotras, en una manta de viaje.

- Los que la oyeron la reconocieron sin lugar a dudas. Era ella: Raimunda Herring.

La historia del fantasma de “La Raimunda” nos mantenía despiertas (despiertas pero muertas de miedo) en aquella casa rural desapacible y fría como un témpano en la que nos disponíamos a pasar el fin de semana.

El adjetivo rural podía aplicarse sin sonrojo (puesto que no se encontraba cerca de ninguna ciudad) y el sustantivo casa era apropiado puesto que, a las pruebas nos remitíamos, no estábamos dentro de una cueva: allí terminaban las semejanzas entre lo que una espera de un bucólico alojamiento en el campo y aquella tétrica y aislada edificación (apartada incluso del pueblo al que pertenecía) en cuyo salón ahora tiritábamos de frío mientras en la chimenea ardían sin cesar los leños que amontonábamos despreocupadamente, en un intento inútil por caldear aquella estancia.

Cuando ya nos habíamos terminado de contar todos los cotilleos que nos permitirían comenzar el lunes perfectamente al día, Alanis Morissette daba la tercera vuelta en el bucle y habíamos dado cuenta de la segunda caja de galletas integrales, Verónica recordó que nos encontrábamos, ni más ni menos, que en la que fuera la residencia de La Raimunda, el alegre espectro que los habitantes del lugar aseguraban que en las noches despejadas de la primavera se aparecía (riendo gozoso y alegre) en el cementerio y el bosque aledaño.

La historia de Raimunda era muy amarga. Fue abandonada por su madre en un hospicio siendo un bebé y allí le dieron el apellido del director de establecimiento (a estas alturas el hombre que más hijos debía tener en el mundo si se atendía a los libros del Registro Civil) del que salió con 8 años al ser adoptada por un matrimonio sin hijos. De aquella familia no obtendría beneficio ni enseñanza ninguna, ni mejoró en forma alguna su calidad de vida. Su padrastro era un borracho empedernido y su madrastra una perdida que tenía tiempo para cualquiera menos para ella. En estas circunstancias, en cuanto pudo huyó de aquel ambiente de la única forma que a una chica decente le estaba permitido: casándose (lo que hizo con el primer hombre que se lo propuso).

Pero su vida cambió de escenario pero no de rumbo. Pues su marido nunca la quiso y además le era infiel con la que, tal vez, fuera la única amiga que Raimunda tuvo. Y de manera además obscenamente publica, lo que añadía un dolor innecesario a la humillación.

Tuvo cuatro hijos cuyos nacimientos representaron, seguramente, los únicos instantes de felicidad en su desdichada vida, aunque pronto aquellas criaturas se convirtieron en nuevas fuentes de dolor para ella puesto que los tres primeros no cumplieron los cinco años (víctimas de diversas enfermedades que se cebaron en sus frágiles cuerpecitos) y el pequeño, que por un tiempo pareció desafiar al destino de su hermanos, falleció en un absurdo y desdichado accidente, atropellado por las ruedas de un camión.

A estas alturas de su vida, aquella mujer había acumulado tal cantidad de infortunio sobre sus espaldas que el mero azar no parecía como una causa suficiente como para adjudicarle todas las culpas. Pero Raimunda siempre mantuvo una idea fija en su cabeza: esta vida era en realidad un sueño, una pesadilla de la que despertaría cuando al fin, al morir, cerrara los ojos.

Sin embargo la gente del pueblo estaba convencida de que sobre aquella mujer recaía una gran maldición. Y por eso a nadie le extrañó que un día que fue al campo de paseo un roble de casi mil años se arrancara de cuajo  y le cayera encima. Así acabó sus días Raimunda; aplastada bajo el peso de un árbol milenario que después de tanto tiempo vino a resquebrajarse justo a su paso.

- Por eso, continuó Verónica, en las noches claras de luna a veces en el cementerio se oyen grandes risas. Risas de una mujer alegre y feliz a la que, si el silencio es total, se le puede oír cantar eufórica y a la que algunos aseguran que antes de desaparecer, llegado el alba, siempre se le oye gritar satisfecha y dichosa: “Esto es vida… esto es vivir...”.

 

 

Más cuentistas en www.elcuentacuentos.com

January 16

Cuentacuentos: ¿Quién es el señor de las historias?

-                    ¿Motos, carreras y camareras? Mierda, otro tío… mundoperfecto67 es otro tío, te lo digo yo.

-                    Bueno y qué…

-                    Sergio… me estoy rallando ya de esta gilipollez…

-                    ¡Vamos no me jodas y no empieces otra vez!

-                    Te digo que esta mierda del cuentacuentos ya me está enparanoiando.

-                    Pues te piras y ya está. Seguro que en el botellón hay la ostia de gente.

-                    Pero coño, si es que no nos comemos una rosca y tú dijiste que se nos iban a rifar.

-                    No, yo dije que aquí conoceríamos a cantidad de pibitas y que donde hay cantidad hay oportunidad.

-                    A ver machote, tienes 487 mensajes en tu bandeja de entrada ¿Cuántos son de tías que quieren tema contigo? Ni una…ni una.

-                    Pues hay un huevo que me quieren conocer…

-                   No majete. Quieren conocer al señor de las historias, no a ti. Y cuando vean a un tío feo y escuchumizado que lleva cuatro años en la uni y que sólo está en segundo de biblioteconomía y documentación se van a descojonar vivas y adiós al encanto del señor de las historias.

-                    Albert… ¿Tu solo piensas en tías?

-                    No, también pienso de donde vamos a sacar el puto dinero para hacer tantos viajecitos para ir  a todas las kedadas… en las que habrá muchas tías…

-                    Anda, vamos a leer otra vez  y le comentamos…

 

----------------------------

 

Sam David Hornet cabalga a lomos de la Blondie.

 La “Blondie” es una ronroneante Harley-Davidson Dinaglyde del año 2.000 (color Vivid Black Pearl, seis meses esperando que la trajeran desde Milwaukee, sólo para que la fabricaran de ese color). Desde que llegó a España, Sam siempre viene de Barcelona por la noche, para que haya el menor tráfico posible en la carretera y así poder recrear las condiciones que le recuerden la paz de las largas y solitarias rutas de los USA que le vieron nacer. Aquellas donde le daba tanto tiempo para pensar e imaginar nuevas historias.

Le encantaba pilotar solo y soñar despierto. Podía hacerlo en cualquier circunstancia, como cuando en las 24 horas de Daytona del 93 se pasó todo su relevo de la madrugada (pese a estar luchando contra un embrague a punto de rendir el alma) intentando recordar cómo se llamaba aquella pequeñaja tan simpática del motel donde estuvo haciendo el reportaje sobre la Iditarod, la mayor carrera del mundo para mushers: 1.776 nevados kilómetros entre Nome y Anchorage sobre trineos tirados por perros. Animales de nombres memorables para los amantes de la naturaleza: Malamutes de Alaska, Huskys siberianos, Groenlandeses y Samoyedos. Y también los alaskanes (el cruce de cualquiera de esos cuatro con cualquier raza no nórdica). Canes fantásticos que tiran de trineos con temperaturas de hasta 46 grados bajo cero con un entusiasmo envidiable y sin fatiga apreciable. Corren porque disfrutan corriendo, no para llegar y desde luego no para llegar los primeros. Sólo porque les gusta correr en libertad. Justo lo que le pasaba a él y a sus historias; imaginar sin ninguna intención, solo soñar... Pero se terminó la semana y él no la preguntó a ella su dirección. ¿Qué sería de la vida de la peque? Ahora, seis años después, la imaginó elegante y refinada, viviendo en Nueva York en un ático frente a Hyde Park, mirando galerías de arte en Meatpacking District y almorzando en Di Marco… en fin, después de servir  tanta hamburguesa, bebiéndose la vida a grandes sorbos con champagne o tal vez siguiera en Alaska triste y aburrida, cargada de hijos y cargando de un marido serio y malhablado (que sería camionero, seguro que sería camionero,). O a lo mejor sí estaba cargada de hijos pero sin saber siquiera donde estaba el camionero maldito. O a lo mejor…

Ya lo había vuelto a hacer; dejarse arrastrar por su imaginación. Por esto, por no poder parar ni un minuto de elucubrar en su cabeza las historias más fantásticas y pintorescas (a veces Sam se preguntaba si las neuronas de todo el mundo sufrirían esas mismas vueltas de  campana que las suyas o si se trataba de  un defecto congénito personal) era por lo que decidió que era una pena que todas estas imágenes que bullían dentro de él se perdieran. Y por eso fue por lo que se puso en marcha a la tarea de crear alguna iniciativa como la del cuentacuentos, para él y para gente como él. Porque, como le enseñó Frankey (su jefe de redacción) un dream-maker, para los indios redskins, era alguien casi tan importante como el hechicero, puesto que también tenia magia: la que hacía volar el corazón de los hombres.

Por eso era valioso que no se perdiera esa magia….

 

------------------------------

 

-                    ¡Corten! “El señor de las historias”: escena sexta, plano segundo, toma tercera.

-                    Ha sido buena… hora y media para comer…y luego todos aquí.

 

La actriz principal avanza hacia la silla del director con pasitos cortos pero rápidos con un nerviosismo que está intentando controlar aunque se hace muy evidente.

-                    Ay Pedro, que yo veo que esta película es de Goya. De Goya,  de Concha, de Oso, de Palma de Oro y tal vez… y  tal vez de Oscar…

-                    Calla Pe, por el amor de dios, no seas gafe.

-                    Que sí Pedro, que este guión es insuperable: esos dos chavales con su página de Internet y sus cuentos, esos dos mundos paralelos que nunca se cruzan, esa nueva forma de ver las relaciones humanas. En realidad, esa nueva forma de relación entre personas.

-                    Venga amor, cámbiate.

-                    Si es que el guión es original, divertido, sensible, tierno, con sus toques de misterio, muy real y muy actual pero… hasta con hadas por en medio. ¡Me veo recorriendo otra vez la larga alfombra roja del Dorothy Chandler Pavillion!

-                    Pe cielo, ya no vamos nunca allí…  ¿Recuerdas que ahora vamos al Kodak Theatre? Y vete a cambiarte de una vez que se nos va a pasar la hora de la comida.

-                    Ay lo que daría por leer en ese portátil en el que escribes las ideas que vas teniendo…

-                    Si, sí, pero date prisa que no me da tiempo a guardar una cosa que se me acaba de ocurrir.

 

Y en la pantalla del ordenador un sol y una luna le guiñaban un ojo…

 

Más cuentistas en www.elcuentacuentos.com

January 12

La globalización.

La observación a pie de campo es una de los instrumentos más valiosos en cualquier estudio empírico y yo me he propuesto intentar comprender mejor este fenómeno tan de actualidad.  

A escala nacional creo que el trabajo que hemos hecho ha sido exhaustivo. Este año recorrimos de nuevo nuestra piel de toro por completo: desde Barcelona a Orense, desde Huesca a Cáceres, desde Álava a  Alicante… y, naturalmente, gran parte del territorio que se encuentra entre medias. Esto es lo bueno de volar: que además conoces sitios y gente. 

Pero el 2006 no solo hemos repetido también Portugal (para completar la península) sino que hemos ahondado en los límites de la vieja Europa y del mismo modo visitamos Suiza y la República Checa. 

Y, como exige un análisis de este tipo, hemos tenido el privilegio de ocuparnos de Argentina durante tres semanas (porque las pocas horas que estuvimos en Brasil tal vez no sean representativas, pues como dicen los estadísticos, el universo sería muy pequeño…) 

Por tanto, analizada la cuestión a nivel metropolitano (Madrid), local (España), supranacional (Europa) y global (América del Sur) creo que por fin ya sabemos en qué demonios consiste la globalización (perdón señor Samuelsson): “Hips don’t lie” de Shakira sonando a todas horas en todas partes y pantalones bajos de cadera para todas las chicas en todos los sitios.

Así que era eso… jo.

January 08

Cuentacuentos: Matar formaba parte de la naturaleza de Laura

Matar formaba parte de la naturaleza de Laura. Hincó con fuerza el cuchillo y salpicó toda la encimera de mármol de la cocina. Si debía utilizar un puñal se imaginó que así tendría que empujarlo: con fuerza, con decisión, sin asomo de duda o titubeo. Sería su vida o la del otro. El jugo del tomate que acaba de seccionar se escurre entre sus dedos y Laura va al grifo a limpiarse. Siempre que se desvela le pasa lo  mismo: hace demasiada comida y le da demasiadas vueltas a la cabeza.  Ya ha cortado todos los tomates y se dispone a triturarlos. Luego añadirá dos ajos (machacados en el mortero hasta que se hayan quedado como una pomada), la hogaza de pan en trocitos, un poco de sal y, después de pasarlo todo por el colador chino, empezará a ligarlo muy despacito con aceite de oliva.

 Laura tenía un corazón bondadoso y una de las muchas virtudes que la orlaban era precisamente la de la generosidad y la hospitalidad. De pequeña era siempre la que acababa llevándose a casa (para disgusto de su madre y algarabía de sus hermanos) las ranas que no resultaban sacrificadas en los experimentos del laboratorio. Cuando llegó a la adolescencia trajo de cabeza a sus familiares con su pertinaz empeño en llevar alimentos a todos los necesitados del barrio o en invitar a las fiestas familiares a cuanto desheredado se cruzaba en su camino. Su corazón tenía espacio para albergar los mejores sentimientos sin que nunca hubiera un momento en el que desfalleciera. ¿Pero adonde llegaría por defender a los suyos? ¿Acaso no era el crimen el último eslabón de una cadena que todos llevamos encima y que nadie sabe donde termina? ¿Y por venganza o por pasión? ¿Mataría por despecho? Se imaginó toda vestida de negro, para pasar desapercibida, con el pelo recogido en una coleta, entrando por una ventana y poniendo una dosis letal de veneno en algún sitio, o esperando en el coche en una calle oscura fumando (bueno si fumara) y escuchando a Maná bajito en la radio (“…labios compartidos, labios divididos…” ).

 Cuando no puede dormir Laura siempre se va a la cocina y se pone a guisar. Y a pensar. Laura piensa que no mataría por cualquier cosa, pero que no tendría inconveniente en hacerlo por su familia. Si fuera la única opción, la usaría. Y nadie en el mundo podría reprochárselo.  

El salmorejo cordobés tiene su punto y no es fácil dárselo (no como el gazpacho andaluz, que se tritura todo y ya vale) tiene que quedar como una crema espesa, untuosa, melosa. A ella le gusta luego servirlo con huevo duro picado y con unas virutas  de jamón (naturalmente de Huelva). 

Mientras ve una gota de tomate chorrear por el cuenco trata de figurarse lo que sentiría si fuera sangre y no puede. No es capaz de imaginar cómo reaccionaría después, cuál sería su estado después de hacer algo así. Qué sentiría por dentro o si le quedaría una huella para siempre. Si tendría remordimientos o si simplemente lo olvidaría.

 Su padre siempre decía que todos tenemos algo de listos, algo de tontos, algo de buenos, algo de malos, algo de cualquier cosa y algo de la contraria y que lo único que nos diferenciaba era la proporción de la mezcla. Por eso matar formaba parte de la naturaleza de Laura: matar y muchas otras cosas. 

Fantasear formaba parte de la naturaleza de Laura…

 

Más cuentistas en www.elcuentacuentos.com

January 04

Cabalgata de Reyes.

Como las buenas costumbres deben convertirse en tradiciones, para nosotros es ya tradicional acudir los cinco de enero a un pueblo de la provincia de Guadalajara que se llama Alarilla. Es un pueblo pequeñísimo al que no se nos ocurriría ir nunca jamás si no fuera por el cerro que lo corona, al que conocemos por el nombre de la Muela y desde el que volamos muchos días a lo largo del año.

Y por eso, iremos a ver la cabalgata aérea que allí se celebrará a las siete de la noche: tres reyes magos en ala delta seguidos de sus tres pajes en parapente surcarán el cielo, ya oscurecido, de la Alcarria para componer uno de los desfiles más originales que se puedan ver mañana en España.

Y si antes podemos volar un poco… mejor que mejor.

 

Sed buenos… que los Reyes Magos lo ven todo…

January 02

Cuentacuentos: A veces mi alegría se convierte en ...

A veces mi alegría se convierte en desgracia“ piensa Andreas Ivanchuk mientras se prepara, aún en pijama y zapatillas, para su última función semanal en el circo Boreka, al escuchar la noticia del atentado por la radio que colgada de la puerta de su caravana le une al mundo exterior (ese mundo que está más alejado de las cuatro manzanas que como mucho recorre desde la plaza o descampado donde en cada ciudad se instale el circo). Ese mundo que no huele a serrín, ni a deposiciones de animales, ni al frío gélido de la carpa… ese mundo que él imagina cálido, limpio y confortable.

Andreas ya está muy mayor y por eso sólo actúa en la función de los sábados, y éste (30 de diciembre de 2.006) era su último sábado… con él llegaría la jubilación. No estaba apenado, pues sabía que todas las cosas en la vida tienen su momento (como diría Salpuk el mago “Las manzanas sólo se caen cuando están maduras, ni antes ni después) y el suyo aquí ya había terminado, pero es cierto que pensaba que su último día sería especial, distinto, tal vez único…

Ahora, todo se mezclaba en su cabeza y no era capaz de reaccionar. Lo primero que pensó fue en no salir a actuar. Quería creer que eso era un homenaje a las víctimas pero luego, después eso sí de mucho discutir consigo mismo, comprendió que lo único que pretendía era no salir de su caravana, no salir nunca, para no tener que ver cómo el mundo seguía pese a todo. Se le reprochaba al mundo del circo su lema de “el espectáculo debe continuar”, pero la vida misma continuaba siempre… siempre continuaba. Él en realidad se culpaba por haber salido indemne del incendio intencionado del circo a su  paso por Chechenia… indemne por fuera, pero abrasado (él también) por dentro, con unas heridas para las que no había bálsamo ni remedio.

Alguien había gritado por la calle, con ocasión de otra barbarie semejante, que los ciudadanos de Riga no tenían miedo... pero él sabía que eso no era cierto. Él tenía miedo. Miedo a los recuerdos. Miedo a las reacciones. Miedo… sobre todo al miedo. Mucho miedo.

Luego, Andreas decidió que si quería que su salud psíquica no se viera afectada (o al menos no más de lo que ya lo estaba), tenía que sobreponerse y salir a actuar. Actuar como si nada hubiera pasado. Ponerse su flor en el ojal (ya demasiado grande y deshilachado) y hacer como si el asqueroso mundo ajeno al circo no existiera para no contaminar la pista de arena donde una vez a la semana los sueños se hacían realidad.

Y así, en medio de la pista central del circo Boreka (en realidad la única pista que el circo tenía) Andreas Ivanchuk, Torlov el Payaso, fue a comenzar su número (su número de payaso viejo y cansado) cuando, cegado por el deslumbrador foco de luz blanca y azul y sintiendo como todas las miradas se clavaban en él, resolvió que no hay nada ni nadie que esté por completo ajeno a lo que sucedía en el planeta (como dijo Tácito “soy un hombre y nada humano me es ajeno”) y que tal vez, aunque fuera de una manera muy breve y velada, debería introducir lo sucedido en algún momento para que al menos quedara claro, que a él no se le olvidaba lo que había ocurrido.

 

Más cuentistas en www.elcuentacuentos.com

December 28

¡USTED NO SABE LO QUE ES EL AMOR...!

Mario Cabré, actor, poeta y torero, mientras miraba la pequeña fotografía de Ava Gardner que sostenía entre sus manos, me explicó la noche de desvarío en technicolor con el animal más bello del mundo. Después hablamos:

-¿Volvió a ver a Ava?

-No.

-¿Le escribió ella alguna carta?

-No.

-¿Le llamó por teléfono algún día?

-No.

-¿Y usted sigue creyendo que ella le quiso?

-Qué poco sabe usted de amores, joven.

Pues eso...